Trasegar droga, “una bendición”

Publicado: 8 abril, 2010 en Reportajes

¿Qué tiene de malo no dormir más en el piso, sino en una cama Indufoam, tener su propio televisor, tener un propio panel solar? Lea en este reportaje cómo el “oro blanco” les llevó el progreso, les compró sus voluntades, y les regaló un estilo de vida que muchos sólo pueden envidiar

Por Mauricio Miranda
mauriciomiranda@conexiones.com.ni

La prosperidad llegó a la aldea en forma de polvo blanco. A veces venía por su cuenta navegando tranquilita con la espuma del mar, hasta terminar semienterrada en la arena mansa de alguna playa deshabitada. Otras veces, un rugido de avioneta traía la buena nueva de que en algún lugar de la selva, el oro blanco empaquetado estaría aguardando entre la copa de los árboles, como un fruto del Paraíso al que sólo había que alcanzar y cortar. Cuando los pescadores confirmaron que también se le podía encontrar en altamar, alistaban sus botes, sus redes y sus pulmones, y se perdían navegando con una triste estela siguiéndoles el rumbo, hasta convertirse en puntitos negros en esa línea infinita que divide el azul del cielo del azul del mar, en busca de una pesca bendecida por Dios.

De acuerdo a autoridades militares, esa prosperidad ganó tanta fama en Walpasiksa, que algunos comerciantes de Bilwi, cabecera municipal de Puerto Cabezas, se gastaban lo que no tenían para viajar en lancha esos 60 kilómetros hacia el sur, dispuestos a “reventar” sus productos con precios hasta cinco veces superior, gracias al dinero alegre que circulaba en manos de los aldeanos y quienes no conocían la palabra regatear.

Los pagos en efectivo que les daban los narcotraficantes por su silencio, protección y complicidad, le permitía a algunos comunitarios darse los lujos y un estilo de vida envidiable, que para algunos podría resultar, más que curioso, ridículo. ¿Televisores descomunales instalados en el medio de la nada donde no llega ninguna señal?

El comisionado mayor Esteban Guido, Jefe de Investigación de Droga de la Policía Nacional, relata que la “bendición” para muchos de los comunitarios, era “hacerle un vuelo” a los narcos, es decir, una entrega de cargamento de narcóticos hacia el norte rumbo a Honduras, con destino a Estados Unidos.

“Es su mayor anhelo. Uno de los trabajadores de la comunidad tenía dos años de trabajar, y en ese tiempo le dieron sólo una oportunidad de hacer un vuelo, una sola. Y con esa oportunidad que le dieron, compuso su casa, compró un panel solar, un televisor, DVD…”, cuenta Guido, quien antes de seguir detallando comenta: “La verdad es que es difícil medir la dimensión de lo que te estoy diciendo”.

El contacto con los capos de la droga les mostró a algunos comunitarios del litoral caribeño, las escenas de una película donde se veían a sí mismos saliendo de la pobreza y disfrutando de la buena vida, una película que ellos se sintieron capaces de realizar, y realizaron.

“El jefe tenía camas Indufoam, cuando los comunitarios duermen en tapesco. Entonces, cuando ellos llegaban a hacer la limpieza a la casa, ellos también querían tener su propia cama Indufoam”, dice Guido.

Las indagaciones policiales revelan que actualmente, una persona recibe un pago de 100 dólares si logra transportar un kilo de cocaína desde Costa Rica a Nicaragua. “Imaginate si trasladan 1000 kilos, pues entonces será 1000 kilos por cien 100 dólares, saca la cuenta”, dice. La cuenta es cien mil dólares redonditos.

AMAURY PAUDD Y/O JOSÉ ALBERTO RUIZ CANO, ALIAS “AC”, empezó a organizar su red de trasiego de droga desde 2008 en Walpasiksa. La acusación de Fiscalía por este caso señala a Persibal John Centeno como el segundo jefe de la organización en la zona, y como encargado directo de dirigir el transporte de drogas. La función de Justo Rodolfo Centeno era proveer los lugares para la planificación, y la de Claridge Leonardo López Davis, actuar como el lanchero oficial. Otras 32 personas, en su mayoría comunitarios, garantizaban la seguridad. “Todos armados con fusiles Ak”, detalla el documento del Ministerio Público.

El siguiente paso fue rehabilitar la pista aérea situada en la comarca cercana de Kukalaya, al oeste –que en años recientes ha servido como puesto de albergue para socorrer emergencias–, con el fin de transportar droga proveniente de Colombia-Panamá, Panamá-Nicaragua, Nicaragua-Honduras.

El sábado 5 de diciembre de 2009, a eso de las 6.30 de minutos de la tarde, justo al anochecer, la avioneta colores celeste, blanco y azul, con inscripciones Firing Order 45236 y 888951, procedente de la isla de San Andrés, sobrevolaba la zona con aproximadamente 800 kilos de cocaína a bordo, cuando repentinamente se precipitó al norte de Walpasiksa.

Diecinueve miembros de la organización, encabezados por Persibal John Centeno llegaron hasta el lugar, rescataron a los pilotos de nacionalidad colombiana, recogieron la droga y procedieron a quemar la avioneta para eliminar las pruebas.
El 8 de diciembre, tres días después, cerca de las cuatro y media de la tarde, dos patrullas combinadas de la fuerza naval y de la Policía navegaban a unos 15 metros de la orilla de la comunidad de Walpasiksa, advertidos por la caída de la aeronave.

Entre los efectivos iban el subcomisionado Rodolfo Alberto Contreras Brenes, Jefe del Departamento de Investigaciones de Droga de la Policía de Puerto Cabezas; Félix Dinkin Santos, suboficial mayor, también de la Policía; el teniente del ejército Joel Baltodano González, de 25 años; y Roberto Carlos Somarriba Rojas, de 28 años, teniente tercero igualmente militar. Los soldados Wilmer Mejía Morales, Bismarck Torres Cerna y Luis Alberto Toledo Valdivia, completaban la patrulla. Pero desde las casitas de tambo y ocultos desde los árboles ya los estaban esperando.

El saldo de sangre que dejó la emboscada, se cobró la vida del teniente Joel Baltodano, y del sargento tercero Roberto Somarriba. La tercera víctima del rafagueo, que duró 15 minutos, fue Leonel Paiwas Cristóbal, de 26 años, ayudante de albañil, según su viuda Marina Flores, quien sofocada por las lágrimas exigió después la salida de las fuerzas armadas del lugar.

AL DÍA SIGUIENTE DESPUÉS DEL ASALTO, la organización de “AC” se enfocaba en recuperar la cocaína de la avioneta siniestrada. A las ocho y media de la mañana del 9 de diciembre, información oficial revela que Mirna Conrado Winsin, ama de casa de 37 años, viajaba en cayuco por del Río Walpasiksa con 12 mil 920 córdobas, producto de la venta a “AC”, de 4 kilos recuperados. El dinero retenido a la aldeana tenía rastros de cocaína. A Marck Moody Gómez se le incautó también 1 mil 120 dólares por la venta del polvo blanco recuperado. El dinero ilícito fue encontrado hasta en el interior de la iglesia de la comunidad, donde las autoridades hallaron 1 mil 560 dólares y 940 córdobas con residuos de cocaína. A Gabriel Blendis Gamboa se le ocupó un paquete de cocaína oculto en su panga, con 1.128 gramos de peso proveniente del avión.

El rastreo en la zona llegó hasta la finca “Bambana”, localizada sobre la rivera del Río Prinzapolka, propiedad de Persibal John Centeno. Fuentes de Inteligencia informaron a la Policía y al Ejército, que allí estaban ocultos unos 30 hombres armados con fusil AK y FAL. Al llegar, descubrieron a Erick Arturo García, armado con un fusil Ak tratando de huir. Junto con él, fueron capturados tres sujetos más. A todos se les hizo la prueba de vapor trece II, y todos tenían rastros de cocaína en sus cuerpos y sus ropas.

El operativo en la región (en Managua se habían allanado dos discotecas en Bello Horizonte, propiedad de “AC”), llevó a las autoridades en Prinzapolka, 20 kilómetros río arriba, en los perímetros de una finca llamada “Yaubrabila”. En el inmueble estaban escondidos un grupo de entre ocho y diez sujetos. Se ocupó tres rifles (un Ak coreano, un rifle Marling calibre 22, y un rifle Remington modelo 597), sus respectivos cartuchos, y un teléfono satelital tipo GPS, entre otras pruebas materiales. Pero sólo tres individuos se encuentran ahora detenidos.

AUTORIDADES LOCALES FUERON LA CLAVE

En los registros del Ministerio Público, hasta ahora no existía un caso donde se evidenciara tal nivel de penetración alcanzado por un narcotraficante en una comunidad de la Costa Caribe, y la muerte de los dos militares durante el enfrentamiento del 8 de diciembre, reviste el suceso con de una mayor y alarmante connotación, afirma el fiscal auxiliar Giscard Moraga.

“Se sabe que él (“AC”), de una u otra manera, logró ingresar a esta comunidad, a través de las autoridades, los miembros del Concejo de Ancianos, los jueces comunales, hasta llegar a radicarse”, señala.

“Esta gente está acusada también, los jueces comunales, y miembros del consejo (de ancianos). Lo que manejamos nosotros, es que él llego tirando los dólares a ese lugar”, comenta.

¿Se había visto una infraestructura como esta en otra zona de la Costa?
“Yo realmente desconozco eso. Es un primer caso así que se da. Los demás casos que se dan son trasiegos. Pero ya irse a meter a involucrarse de lleno en actividades con pobladores de las comunidades… a mí me consta únicamente este caso”.

Esta cantidad de personas, y la naturaleza de la función de cada una ¿qué nos dice sobre la complejidad de esta estructura? No son ligas menores.
“No, porque desde el momento en que esta persona llega y penetra a esta comunidad, y cuenta prácticamente con el apoyo de la misma, pues estamos hablando de que es algo fuerte, porque de gratis no se va a llegar a meter. El edificio en el que estaba residiendo era grandísimo. Estamos hablando de millones de dólares, y él estuvo operando allí aproximadamente dos años. Operando significa que había tránsito de droga por ese lugar. Compró armas de fuego y las distribuyó en la zona, para garantizar su seguridad y transportar la droga hacia Honduras. Tenía sus rutas ciegas.

¿Es el primer caso de esta magnitud?
“Que se haya hecho público sí, porque realmente, se dio la connotación especial por el enfrentamiento. Vos sabes que ya tocar a las autoridades, es ya otra cosa. Mataron a dos miembros del Ejército, eso hace que se revista de mayor connotación. Quizá en otros lugares, no se si se habrá dado algún caso como este.

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